Estaba el
sonido refunfuñante de la lluvia acompañado de la perfecta melodía de piano
emergente de su cuarto, temía entrar, lo admito, aunque sabía que no estaría
sola de todos modos ya que no me podía separar de mi acompañante femenina de
todas las veces, pero accedí a pasar cuando con sus labios captivos y su
profunda sonrisa me invitaron a seguir.
Deje a mi
acompañante ahí, no quería que ella siguiera conmigo.
Di dos o
tres pasos y finalmente me situé detrás suyo, “impacto” no es la palabra
perfecta para describir aquel sitio, no sabía que de todo lo presente allí me
tenía perpleja, si la compañía de aquel joven de chaqueta negra y talentos
innumerables, su sonrisa, o aquel sitio en perfecto orden, un orden que no
estaba acostumbrada a divisar o que simplemente no sospecharía que perteneciera
a él.
Con el paso
de los minutos, cruces de miradas y sonrisas sucedieron, hasta que opto por
sentarse en su silla como de costumbre; poso sus finos dedos sobre aquel
instrumento perfecto y se dedicó a interpretar sus fabulosas melodías.
